Paradójicamente, restringir el hambre física puede derivar en ansiedad por comer. Hay quienes generan cierta forma interferencias mentales para no atender a la sensación de hambre física. Es habitual en personas muy estrictas (no voy a parar para comer porque aún no he terminado este informe), o en aquellas sometidas a dieta de manera regular (no voy a escuchar al hambre porque yo lo que quiero es adelgazar).
“Estas últimas experimentan una desconexión con el cuerpo. Se desconectan de las señales internas y se instala la conocida ‘mentalidad dieta’ caracterizada por regular la conducta en base reglas externas o ‘hambre mental’. Antes de comer se plantean ¿debería comerlo?, ¿será mucho?, ¿esto es bueno?”, relata la experta. Cuando esta negación de las señales de hambre se prolonga en el tiempo, esa desconexión se intensifica. “Cada vez cuesta más detectarlas y atenderlas de forma mesurada. Se abre una puerta de entrada al impulso y se acaba comiendo de más (sobreingesta)”.
Para evitar que estas situaciones se nos vayan de las manos, el primer paso para mejorar la relación con la comida es atender el hambre fisiológica. El segundo paso, identificar qué está causando esa ansiedad por comer. Tarrasó enumera algunos factores por los que se puede originar la ansiedad por comer.
- Malestar emocional. La comida se convierte en un premio o una forma de autoproporcionarnos cariño o tranquilidad.
- Desregulación hormonal. Las hormonas como el cortisol (asociada con el estrés) y la insulina pueden influir en el apetito.
- Ciclos de dieta. Las dietas restrictivas pueden causar ansiedad por comer cuando el cuerpo siente que no obtiene suficientes nutrientes o energía (efecto yo-yó).
- Desorden horario. Cuando se ingieren pocos alimentos a lo largo del día, pueden aparecer unas ganas desaforadas por comer a última hora del día. Es el ‘sindrome del comedor nocturno”.
Síntomas y señales de que se está comiendo por ansiedad
- Comer por emociones. Se come por estrés, aburrimiento, tristeza o soledad, no por una necesidad física.
- Impulso repentino. El deseo de comer aparece de forma repentina, generalmente acompañado de un sentimiento de desesperación.
- Culpa y/o vergüenza. La persona es consciente de que está comiendo sin control y que eso no es positivo para su salud.
- Sensación de descontrol. Se ingieren alimentos en exceso, sin tener conciencia en muchas ocasiones de la cantidad.
- Insatisfacción. Después de comer, aún puedes sentirte insatisfecho emocionalmente.
- Alimentos poco saludables. Tendencia a abusar de los alimentos dulces, bollería, snacks salados… La ansiedad no suele satisfacerse con un plato de brócoli, pero sí con una bolsa de gominolas o una palmera de chocolate.
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