lunes, 4 de mayo de 2026

Scooby doo papá

Hay un patrón tan repetido en la historia que casi merece su propio programa televisivo. Durante milenios, la humanidad se topó con un fenómeno inexplicable, se encogió de hombros y pronunció la palabra mágica: “Dios”. O “Zeus”. O “Quetzalcóatl”. Era el recurso narrativo perfecto para tapar agujeros en nuestro conocimiento, el comodín existencial antes de que existiera el método científico.





El trueno no era una violenta expansión del aire por un rayo; era la ira de Júpiter. Las cosechas no dependían de las precipitaciones y los nutrientes del suelo; eran un regalo de Deméter o una maldición de alguna deidad ofendida. La epilepsia no era una tormenta eléctrica cerebral; era posesión demoníaca. La peste negra no era una bacteria llamada Yersinia pestis viajando en pulgas de rata; era un castigo divino por nuestros pecados. Incluso el Universo entero —ese inmenso océano de galaxias con un diámetro de 93.000 millones de años luz— no era el resultado de una singularidad inflacionaria, sino la deliberada manualidad de un creador cósmico. Durante siglos, la respuesta predeterminada a la pregunta “cómo” fue un simple “quién”.

Cortesía de suedro de Cato


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