Qué ocurre cuando la humanidad desaparece de un paisaje durante cuarenta años? En Chernóbil, la respuesta ha dejado atónitos a los propios científicos.
Chernóbil es casi sinónimo de un territorio muerto. Un paisaje marcado por ruinas, radiación y un silencio inquietante. Y no es una imagen exagerada: durante décadas, muchos científicos dieron por hecho que los terrenos alrededor de la central quedarían biológicamente devastados durante generaciones. Pero casi cuarenta años después de la explosión, la realidad ha resultado más compleja –y sorprendente– de lo que cualquiera imaginó.
Cuando el reactor explotó el 26 de abril de 1986, las autoridades soviéticas evacuaron a más de 100.000 personas y establecieron una zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la central. Con el tiempo, esa área se ampliaría hasta abarcar unos 2.600 kilómetros cuadrados en territorio ucraniano –unas 1,7 veces el tamaño de Ciudad de México–, donde quedaron prohibidas la residencia, la actividad económica y el acceso público.
Desde entonces, la región ha permanecido como una de las zonas con mayor contaminación radiactiva del planeta. Sin embargo, lo que casi nadie imaginó es que aquella exclusión humana terminaría produciendo un efecto inesperado: convertir Chernóbil en un refugio para la vida salvaje.
Un santuario involuntario para la fauna silvestre
Hoy, la Zona de Exclusión de Chernóbil (CEZ, por sus siglas en inglés) alberga importantes poblaciones de lobos grises, osos pardos, linces euroasiáticos, alces, jabalíes, ciervos rojos y bisontes europeos. Incluso los caballos de Przewalski –una especie que llegó a considerarse extinta en estado salvaje hasta su reintroducción a finales de los años noventa– deambulan libremente por la región. Según explicó Nick Dunn, profesor de Diseño Urbano de la Universidad de Lancaster, en The Conversation, solo en una zona concreta del sector ucraniano ya viven más de 150 ejemplares.
Ahora, un nuevo estudio publicado en la revista Proceedings of the Royal Society B, dirigido por la ecóloga ucraniana Svitlana Kudrenko, de la Universidad Albert Ludwig de Friburgo, en Alemania, ofrece la imagen más detallada hasta la fecha de este inesperado renacimiento salvaje.
Más vida que en las reservas naturales protegidas
Entre 2020 y 2021, el equipo de investigadores instaló cámaras trampa en un área de 60.000 kilómetros cuadrados en el norte de Ucrania, que abarcó la CEZ, cuatro reservas naturales cercanas y varias zonas sin protección oficial. El estudio registró 31.200 detecciones de 13 especies silvestres diferentes. De ellas, 19.832 2 –más de la mitad– se registraron dentro de la propia reserva de Chernóbil.
Las cifras no representan animales individuales, ya que un mismo ejemplar puede activar la cámara varias veces. Aun así, los modelos estadísticos elaborados a partir de esos datos sorprendieron a los científicos, ya que la diversidad, densidad y frecuencia de detección de fauna resultaron significativamente mayores dentro de la zona de exclusión que en reservas naturales gestionadas activamente para la conservación.
"Me sorprendió que la diversidad de especies fuera menor en las reservas naturales en comparación con la zona de exclusión, a pesar de su estricta gestión", reconoció Kudrenko en declaraciones a IFLScience.
La ausencia humana, el mayor factor de recuperación
La pregunta inevitable es si todo esto ocurre a pesar de la radiación o simplemente junto a ella. Y la respuesta corta parece ser que, al menos para algunas especies de grandes mamíferos, la radiación podría influir menos de lo esperado.
factor de recuperación
La pregunta inevitable es si todo esto ocurre a pesar de la radiación o simplemente junto a ella. Y la respuesta corta parece ser que, al menos para algunas especies de grandes mamíferos, la radiación podría influir menos de lo esperado.
Un estudio publicado en 2016 ya había mostrado que la distribución de mamíferos dentro de la CEZ no guardaba una relación clara con los niveles de contaminación radiactiva. El nuevo trabajo de Kudrenko ni siquiera se centró en ese aspecto: su objetivo era entender qué sucede cuando los humanos desaparecen casi por completo del paisaje.
"Si te centras en las especies a las que les va mal, puedes culpar a la radiación", explicó recientemente a BBC Science Focus el biólogo evolutivo Germán Orizaola, quien no participó en el estudio, pero lleva años investigando la zona. "Muchas veces es el propio entorno el que ha cambiado. La ecología y la ausencia de humanos son factores enormes", añadió.
Más allá de la paradoja nuclear, el estudio de Kudrenko lanza un mensaje directo a los gestores de áreas protegidas en todo el mundo: el tamaño importa, la conectividad importa y la vigilancia real –no solo nominal– importa.
Las reservas que funcionan mejor no son las más estrictamente reguladas sobre el papel, sino las más grandes, las interconectadas y las que realmente mantienen a los humanos fuera. A esta escala, el mosaico de hábitats se vuelve lo suficientemente extenso como para sostener poblaciones viables de animales grandes a largo plazo.
"Las áreas protegidas extensas son vitales para la supervivencia a largo plazo de especies raras", aseguró Kudrenko a IFLScience. "Es muy tentador rebajar los estándares de investigación en zonas complicadas, pero debe evitarse".
El acceso a la región se ha vuelto más difícil desde la invasión rusa de 2022, lo que complica nuevas investigaciones sobre el terreno. Aun así, casi cuatro décadas después del desastre, Chernóbil se ha convertido en un ecosistema difícil de comparar con cualquier otro, moldeado tanto por la radiación como por décadas de abandono humano y cambios ecológicos inesperados.
En definitiva, Chernóbil no demuestra que la radiación sea inofensiva. Pero sí sugiere algo más incómodo: que, para muchas especies, la ausencia casi total de actividad humana puede resultar más favorable que convivir con carreteras, agricultura, caza y urbanización constantes.






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