Existe un espécimen en los bajos fondos de la sección de comentarios que merece un análisis psicológico de urgencia. No es un troll cualquiera, es un personaje con un pasado tan turbio como un callejón de Tepito a las tres de la mañana. Apodémoslo, con todo el sarcasmo del mundo, el “Chilango Rifado”.
Este wey es un caso de libro, una obra maestra de la incongruencia humana. Si Freud levantara la cabeza, se pediría un mes de vacaciones solo para estudiar este desastre con patas.
Hagamos un perfil rápido. El Chilango Rifado nació en algún punto del monstruo urbano que es la CDMX. No fue un niño que se perdió; se metió de lleno en la delincuencia desde joven. Su gran salto a la fama (en su mente) fue irse a la frontera a trabajar de pollero (cruzar personas de manera ilegal a USA). Pero antes de eso, hay un episodio que lo define: huyendo de una banda rival, abandonó a su novia a su suerte. Mientras él corría para salvar su propio pellejo, a ella la apuñalaron hasta matarla. Él siguió corriendo. Fin de la historia de amor.
Ya en la frontera, su código ético siguió brillando por su ausencia. Se dedicó a cruzar migrantes, sí, pero con un pequeño detalle: les cobraba y, por diversas razones (muchas de ellas, sospechosamente convenientes para él), la gente nunca llegaba a su destino. Engañó, estafó y jugó con la desesperación de quienes buscaban un sueño que él mismo terminaría persiguiendo años después. Porque, oh, sorpresa, el gran Chilango Rifado emigró a Estados Unidos, se instaló en Nueva York y ahora trabaja como obrero de la construcción. Hasta aquí, la típica historia de un cabrón con la brújula moral hecha trizas. Pero lo verdaderamente fascinante, lo que lo convierte en un meme viviente, es su presente.
Hoy, este ex delincuente, ex pollero y profesional del abandono, se dedica a dar lecciones de ética y política desde su teléfono. Agárrense, porque el contraste es tan brutal que genera un vértigo existencial:
1. El ex pollero devenido en fiscal anticorrupción. Se despacha con críticas feroces a los gobiernos del “PRIAN”, señalando con una superioridad moral inquebrantable todo lo que hicieron mal. Sí, un wey que ha traficado con seres humanos y estafado a los más vulnerables, pontificando sobre el bien y el mal en la política. El descaro ya no es descaro, es un performance artístico.
2. El defensor de animales que dejó morir a su novia. Este es quizás el punto más retorcido. El Chilango Rifado arremete contra la fiesta brava, clamando contra la crueldad animal. ¿Qué hay del hijo que abandonó? ¿Qué hay de la mujer que dejó atrás para ser acuchillada mientras él se esfumaba? ¿Qué hay de los migrantes que abandonó a su suerte en el desierto? Su compasión es curiosamente selectiva. Le duelen los toros, pero el fantasma ensangrentado de su pasado no le quita el sueño. Esa disonancia cognitiva no es un error, es una falla estructural de su psique.
3. El antiimperialista que trabaja para Estados Unidos. Aquí viene la clásica. Se la pasa criticando al "imperialismo yanki" y al sistema capitalista con un fervor casi religioso. Es un comunista de sillón, un revolucionario de teclado. Pero, ¿dónde vive este adalid de la lucha de clases? Bajo la sombra del sistema que tanto desprecia, ganando dólares en Nueva York. La pregunta es obligada y cae por su propio peso: si tanto le gusta el comunismo y tanto odia al capital opresor, ¿por qué chingados no se va a Cuba o Venezuela a construir su paraíso socialista? Ah, claro, porque la coherencia es un lujo que no se puede permitir. Es más fácil morder la mano capitalista que te da de comer mientras sueñas con el martillo y la hoz.
4. El adicto que se cree médico y el moralista doble. Es un férreo defensor de la marihuana. Hasta ahí, todo bien. El problema es su argumento, sacado de un grupo de Facebook del 2007: "es natural y no afecta el cerebro". Esa estupidez monumental, repetida por un drogadicto funcional que busca justificar su vicio, contrasta con su feroz crítica a quien se toma una cerveza. Para él, la mota es medicina ancestral y el alcohol, el demonio. De nuevo, la selectividad moral: mis vicios son virtudes, los tuyos son una plaga.
5. El morenista que no se regresa a México. Es un fiel seguidor del gobierno actual, un fanático que asegura que es lo mejor que le ha pasado a México en la historia. Lo defiende con uñas y dientes desde la distancia. Sin embargo, este patriota de corazón puro no se regresa a vivir a la patria que, según él, está renaciendo. Prefiere quedarse cobijado por el mismo país capitalista que dice odiar. ¿Por qué será? ¿Acaso la realidad que él mismo predica no es lo suficientemente buena para él?
La reflexión incómoda: ¿Por qué nos perturba tanto?
El caso del Chilango Rifado es extremo, sí, pero nos invita a una reflexión de mierda, de esas que escuecen, sobre la naturaleza humana. ¿No somos todos un poco incongruentes? La diferencia está en la magnitud, en la conciencia y en la violencia del contraste.
Lo que este personaje nos muestra es un mecanismo de defensa psicológica tan primitivo como brutal: la negación proyectada. Él no puede soportar su propia basura, así que se erige en un inquisidor de la basura ajena. Criticar a los políticos corruptos le permite sentirse limpio, por un momento. Atacar a los capitalistas le ayuda a olvidar que es un peón más del sistema. Defender causas nobles (los animales, la mariguana) le da una pátina de superioridad moral que tapa el hedor a cadáver que carga en su historia.
Es el clásico "roba-vacas, pero reza". Es un hombre que se construyó una identidad virtual de pureza ideológica porque la real, la de sus actos, está manchada de sangre, abandono y estafa. Su incongruencia no es un accidente, es su tabla de salvación emocional. Su discurso es una mentira que se cuenta a sí mismo para poder dormir por las noches en su cama neoyorquina, lejos del país que dice amar y de las tumbas que dejó en el camino.
Al final, el Chilango Rifado es un espejo deformado que nos recuerda que las palabras son baratas. Lo que importa, lo único que define a una persona, son sus actos. Y este cabrón, por más tuits y comentarios que escriba, tiene la hoja de servicios manchada de una tinta que ninguna ideología, por más radical que sea, puede borrar. Quizás, solo quizás, todos deberíamos hacernos una pregunta antes de señalar con tanta vehemencia: ¿mis acciones me sostienen o me delatan?

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