Se cuenta que un profesor de psicología les aplicó a sus estudiantes un ejercicio de asociación de palabras.
Les indicó que escribiesen lo primero que les viniera a la mente tan pronto enunciara cada palabra. Por ejemplo, si decía la palabra «conversación», podían escribir «teléfono» o «diálogo».
Una de las palabras de ese día causó diversas reacciones y asociaciones sumamente interesantes fue el término «Navidad».
Estas fueron algunas de las palabras que asociaron con la Navidad: cohetes, fiesta, lechón asado, regalos, árbol y luces. En las asociaciones no hubo ninguna referencia a Jesucristo, ni siquiera a su nacimiento.
En la época que vivimos observamos que nada se asocia con lo espiritual.
Hablamos con vehemencia en contra del materialismo y el consumismo. Nos sorprendemos cuando alguien afirma que
es ateo.
Nos molesta cuando alguna persona ridiculiza las creencias religiosas. Sin embargo, guardamos muy poca relación con
lo espiritual.
De pronto, asistimos asiduamente a una iglesia y estrechamos vínculos con otros creyentes. Pero muchas veces, lo hacemos
para satisfacer una necesidad social y moral.
Desde luego que buscamos a Dios en los momentos de tragedia o de crisis y dificultades, como un acto de último recurso,
cuando no nos queda otra esperanza ni una salida que solos podamos encontrar. Mientras tenemos buena salud y disfrutamos de aceptación, popularidad, mientras nuestros amigos nos acogen y gozamos de prosperidad y armonía no buscamos
fervientemente a Dios.
Si aquel profesor les hubiera dicho la palabra que pusimos como ejemplo, «conversación», habría escogido una de las palabras que más debiéramos asociar con la Navidad. Lejos de representar cohetes, fiestas, lechón
asado, regalos, árbol y luces, la Navidad fue el principio de un nuevo diálogo, la Fiesta de Navidad es de origen pagano, siempre debemos resaltar el enfoque que la Biblia hace sobre la llegada de Jesús, el Salvador, a esta tierra.
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