El ritmo circadiano, regulado por el núcleo supraquiasmático en el cerebro, coordina funciones esenciales como el sueño, la digestión, la liberación de hormonas y el estado de ánimo. Cuando alteramos artificialmente la hora, el cuerpo debe reajustarse, lo que provoca privación parcial de sueño, desincronización hormonal, pérdida de exposición a luz clave y estrés adaptativo. Estos efectos se traducen en somnolencia, irritabilidad, problemas de concentración, alteraciones digestivas y cambios de humor.
La comunidad científica recomienda adoptar un horario fijo durante todo el año, preferentemente el de invierno, que mejor coincide con la luz solar y permite sincronizar el reloj biológico con las actividades cotidianas. Esto ayudaría a reducir la fatiga crónica, mejorar el estado de ánimo y aumentar la productividad.
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