El ser humano convierte los instintos básicos en placer, y esa es una característica definitoria de la civilización.
Sigmund Freud postula que el comportamiento humano está regido por dos fuerzas pulsionales antagónicas: la pulsión de vida (Eros) y la pulsión de muerte (Tánatos). En el Eros se agrupan los instintos sexuales, la unión y la conservación de la vida. Se manifiesta en el amor, la libido, y la búsqueda de la satisfacción de las necesidades básicas como el sexo.
El sexo ha sido un tema recurrente en el arte desde la antigüedad, abarcando una amplia gama de representaciones que van desde lo erótico y sensual hasta lo político y espiritual.
No es de extrañar que la escritora cubana Ena Columbié, con dominio de múltiples géneros literarios y artísticos, se atreviera a indagar en su nueva entrega: ¿Erótico o pornográfico? (Ediciones CAAW, 2025) con “una mirada intrusa a la excitación sexual en la historia de la literatura”, como indicara en el subtítulo del libro. Al adentrarse en las primeras páginas, uno puede intuir el logro de las pretensiones de las que hablara Ena en el Introito: “…una obra seria y auténtica, pero libre de pretensiones didácticas y académicas, siendo un recorrido refrescante y placentero por la literatura del género”.
Ena comienza el recorrido desde la prehistoria, pero no es de manera cronológica que nos guía. Ella alude a grandes maestros de la literatura, y son ellos los conductores de este placentero viaje. Al aludir al descubrimiento del fuego, y su simbiosis con actos eróticos a “La llama, como un estimulante avivador del deseo”, cita a Octavio Paz y su magnífico ensayo La llama doble: “El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida”.
Ena señala esa línea divisoria, cuando el paganismo hacía del Eros un acto de veneración, y los ritos sexuales a modo de muestra espiritual y de purificación antes del acto. Pero el cristianismo, señala que “…ha blandido la Santa Biblia, convirtiendo el placer en pecado original, algo podrido y sucio que debe tratarse severamente…” Sin embargo, de la Biblia extrae el Cantar de los cantares, uno de los libros esenciales, incomparable en los temas del amor y el erotismo en las escrituras.
Con ojo avizor, Ena escudriña además en ciertos momentos aberrantes de la historia, desde el sacrificio de niños al Dios Moloc, por los cananeos y fenicios, hasta la necrofilia practicada en Egipto con mujeres bellas, en tiempos de Ramsés II, según el historiador Heródoto.
Es afortunado el recorrido por la cultura universal, no solo desde Egipto, sino en la poesía sumeria y arcadia de Mesopotamia, el imprescindible Kamasutra de Vatsyyayana en la india, al cual define como “un tratado psicológico de cultura erótica escrito con refinamiento, aunque el mundo occidental lo haya vulgarizado”.
Ena alude a la poesía erótica China en diferentes dinastías, a la relación entre erotismo y muerte desde la antigüedad, avalado en Grecia por la Ilíada de Homero, donde se cuenta la guerra entre griegos y troyanos por una mujer, así como la historia bíblica de Sansón y Dalila, donde se le agrega al amor y al erotismo, la traición, el poder y la redención. El libro posee ciertos momentos de humor, como definir a la fantasía de la danza de los siete velos de Salomé, como “el primer striptease de la historia” o nombrar a Ramsés II “el contento”, por su inclinación a la lujuria.
Ena no deja escapar a los autores más relevantes que han tratado el amor y el erotismo en períodos diversos de la historia, autores del renacimiento italiano como Pietro Aretino y sus escritos satíricos y desenfadados, o Dante Alighieri y su erotismo espiritual.
El Medioevo lo representa con Boccaccio, y al igual que con otros autores, donde acude a una certera selección de fragmentos, lo ilustra con uno de sus magníficos cuentos, “Meter al diablo en el infierno”. Nos habla del inevitable Marqués de Sade, de su leyenda y su obra que van a la par.
*Extraída de la red
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