Los primeros en hacerse eco de esta historia fueron los periodistas Sergio Núñez y Ariel Idez. Según cuentan, en 1948 la marca de fernet Leocatta se encontraba sumergida en una crisis: su producto era un fracaso comercial y para salvarse, debían cambiar de rubro y empezar a producir una bebida similar al amargo serrano que todos conocemos.
Desesperados, los dueños acudieron a un especialista que los ayudara a dar con el sabor ideal. Su nombre era Saúl Patrich, un bioquímico argentino de 22 años quien, a pesar de su corta edad, ya había trabajado como degustador profesional asesorando a varias marcas. Esto le había ayudado a entrenar una suerte de «paladar absoluto» capaz de identificar casi cualquier ingrediente.
Una vez recibida la misión, Patrich fue a una herboristería, donde compró todo tipo de hierbas y especias. A partir de ellas, elaboró ocho preparados distintos: uno acabaría siendo el amargo que sus jefes le habían pedido, pero había algo más. Una de las muestras tenía un sabor familiar, con el cual comenzó a experimentar por su cuenta. Por entonces, la Coca-Cola no era todavía el furor que es hoy en día. La bebida había llegado al país pocos años atrás y todavía se estaba instalando en el mercado argentino. Patrich se hizo con unas botellas del refresco y las llevó a su laboratorio, donde una madrugada, luego de varias pruebas y cálculos, dio con una réplica exacta del jarabe con el que se produce la tradicional gaseosa.
Ni lento ni perezoso, Patrich dejó su trabajo y abrió un pequeño taller en el patio de su casa, donde realizó algunos ajustes a la receta, que para ser consumida necesitaba un chorro de soda, como si de un vermouth se tratase. Intentó bautizar a la misma « Refres-Cola», pero los abogados de la empresa norteamericana no lo dejaron registrar el nombre.
Lejos de darse por vencido, el argentino se puso a investigar y descubrió que por entonces, la Coca-Cola contaba con un ingrediente prohibido por el código alimentario argentino: el ácido fosfórico, que otorgaba «acidez» a la bebida. Este hallazgo lo envalentonó a Patrich, quien le hizo un juicio a la marca. Los abogados propusieron un acuerdo: él podría usar Refres-Cola como nombre, a cambio de olvidar la demanda.
Esto le permitió al argentino comenzar la producción y venta de su bebida, que poco a poco fue ganando adeptos. Así, en apenas unos años, la Refres-Cola pasó de ser una bebida elaborada en el patio de su casa a un emprendimiento que empleaba a cientos de empleados en una fábrica de Ciudadela y que llegaba a todos los rincones del país.
La bebida desapareció a finales de los 80: los hábitos de consumo habían cambiado y los costos se habían hecho insostenibles, por lo que fue vendida a una multinacional. Hoy, la bebida es solo un recuerdo de algunos memoriosos, que recuerdan aquella vez en la que un argentino descubrió la fórmula de la Coca-Cola.
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