Mi nombre es Carmen, y durante cinco años he soportado los comentarios de mi esposo Roberto sobre mis "rollitos" y mi "falta de disciplina". Cada vez que me servía una segunda porción en la cena, ahí estaba él con su clásico:
—Carmen, ¿en serio vas a comer más? Ya sabes lo que dice la báscula.
Yo me tragaba las palabras junto con la comida, pensando que tal vez tenía razón. Tal vez era cierto que había subido algunos kilos desde que nos casamos. Tal vez era mi culpa que ya no me mirara como antes.
Hasta que llegó el viernes pasado.
Roberto dijo que tenía una "cena de trabajo" importante. Nada nuevo. Pero esta vez, algo me picó la curiosidad. Tal vez fue la forma en que se puso esa camisa azul que tanto le gusta, o cómo se echó colonia extra. El caso es que decidí seguirlo.
No es que me sienta orgullosa de haber hecho eso, pero a veces la intuición femenina es más fuerte que la dignidad.
Lo vi entrar a "La Cantina del Puerto", ese restaurante al que siempre dice que "no le gusta ir porque la comida es muy pesada". Me armé de valor y entré cinco minutos después.
Y ahí estaba mi esposo. Mi esposo que me dice que "debería comer más ensaladas". Sentado frente a una mujer hermosa, voluptuosa, con curvas que harían llorar a cualquier guitarra española. Estaba riéndose como no se había reído conmigo en años, y ella... ella estaba comiéndose una hamburgesa doble con papas fritas sin un ápice de culpa.
Mi Roberto, el mismo que esconde las galletas cuando llego del trabajo, estaba completamente embelesado viendo a esta mujer disfrutar su comida.
Me quedé ahí parada, entre las plantas decorativas del restaurante, viendo cómo mi mundo se tambaleaba. No solo por la infidelidad, sino por la hipocresía tan monumental que tenía enfrente.
Al día siguiente, cuando Roberto llegó a casa, yo ya tenía preparado mi discurso. Pero él se me adelantó:
—Carmen, cariño, ¿no crees que deberías apuntarte al gimnasio? Te veo un poco... hinchada.
Ahí fue cuando exploté.
—Roberto —le dije con una sonrisa que habría asustado al mismísimo diablo—, hablando de hinchada, ayer te vi en La Cantina del Puerto.
La cara se le descompuso como leche cortada.
—Yo... yo puedo explicarte...
—Oh, no hace falta. Ya entendí todo. Resulta que el problema no son mis kilos de más, sino que no soy la mujer correcta con kilos de más.
—Carmen, no es lo que piensas...
—¿No? Porque lo que yo pienso es que has pasado cinco años haciéndome sentir mal por mi cuerpo, mientras tú andas por ahí babeando por una mujer que es más grande que yo. ¿Sabes lo que eso dice de ti?
Roberto se quedó callado, con la boca abierta como pescado fuera del agua.
—Dice que eres un hipócrita, Roberto. Dice que el problema nunca fueron mis curvas, sino tu incapacidad de ser honesto contigo mismo y conmigo.
—Es que... es diferente...
—¿Diferente cómo? ¿Por qué ella es nueva? ¿Por qué conmigo ya no tienes que hacer el esfuerzo?
Y ahí fue cuando se me ocurrió la idea más brillante de mi vida.
—Sabes qué, Roberto, tienes razón en una cosa. Sí necesito hacer un cambio en mi vida. Un cambio grande. Voy a eliminar como 80 kilos de mi vida.
—¿Vas a hacer dieta? —preguntó esperanzado.
—No, querido. Me voy a divorciar de ti.
La expresión de confusión total en su cara no tenía precio.
—Pero Carmen...
—Nada de peros. Si tanto te molestan mis kilos, imagínate lo que me molesta a mí tu falta de carácter. Al menos mis curvas son honestas. Tu personalidad, en cambio, es puro relleno.
Esa noche, mientras Roberto dormía en el sofá tratando de "hablar mañana cuando estuviéramos más calmados", yo pedí pizza. Una pizza grande, con extra queso, pepperoni, y todo lo que se me antojó. Y por primera vez en cinco años, me la comí entera sin que nadie me hiciera sentir culpable.
Porque resulta que el problema nunca fueron mis kilos. El problema era estar con alguien que me hacía sentir pequeña siendo yo misma.
Ahora, dos semanas después, Roberto sigue mandándome mensajes pidiéndome que "hablemos". Que "puede cambiar". Que "fue un error".
Y yo le respondo siempre lo mismo: "Roberto, el error fue haber creído que tenía que cambiar mi cuerpo para merecer respeto. Ya aprendí la lección."
La ironía más grande de toda esta historia es que desde que tomé la decisión de divorciarme, he perdido peso. No porque esté haciendo dieta, sino porque ya no tengo el estrés constante de sentirme juzgada en mi propia casa.
Resulta que cuando dejas de vivir con alguien que te hace sentir mal contigo misma, automáticamente empiezas a sentirte mejor.
Y cuando Roberto me vio la semana pasada en el supermercado, con mi nuevo corte de cabello y mi sonrisa de "ya no me importa tu opinión", me dijo:
—Carmen, te ves... diferente.
—Sí —le contesté—, se llama felicidad. Deberías probarla algún día.
Porque al final del día, la hipocresía pesa más que cualquier kilo de más que yo pueda tener. Y esa carga, querido Roberto, ya no es mía.
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Carmen cerró su diario con una sonrisa. Mañana tenía cita con el abogado, y después, por primera vez en años, iba a almorzar lo que se le antojara sin escuchar comentarios. La vida, pensó, estaba empezando a tener mejor sabor.
Denisse ♥
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